Fue largo el camino hasta el
departamento de Diego. Las Calles estaban desiertas, eran las 2 de la tarde y no había ningún alma dando
vueltas por el centro, Valparaíso parecía un día domingo santo en pleno
miércoles. A ciertos ratos se sentía un
fuerte olor a bencina, que terminaba con la escena de un auto chocado contra un
poste, con la puerta abierta y rastros de sangre, quién quiera que hubiera sido
el pobre cristiano, había escapado.
Conforme avanzaba hacia la plaza
Victoria se repetían las vitrinas quebradas,
rastros de saqueos, y neumáticos humeando, lo poco que quedaba de lo que fue
una noche de revuelta. Comprendí que las “cosas” habían desatado un caos
social, nadie soportó el toque de queda, y el estado tuvo que vérselas con unos
muertos que caminaban, mordían, atacaban, y también con los vivos que no
querían morir y que eran incrédulos ante la epidemia que se estaba por cernir
sobre todo, todos.
Avancé hasta llegar por fin a la
plaza, y el escenario era dantesco. Un guanaco dado vuelta (no era tan terrible
después de todo) en llamas, y el silencio de un turno de guerra, ningún rastro
de gente. Había un olor reconocible, la carne cruda cuando la traíamos del
supermercado se me vino a la mente como si estuviéramos a punto de hacer un
asado. Me preocupé.
Grité, quería ver a alguien,
grité por alguien allí, grite nombres, grite mi nombre. Silencio.
Recordé las películas de antaño, “Exterminio”
me pareció la adecuada, comprendí por que la mayoría de las escenas debieron
ser hechas en la madrugada, donde no había nada ni nadie, ni la desolación. El
edificio de Diego estaba a media cuadra, me puse en camino de nuevo, y escuche
el ruido.
Un auto comenzó a hacer sonar su
alarma, me quedé quieto, fuera lo que fuera vendría rápido, revisé mi mochila,
saqué la pistola de mi viejo y empecé a apuntar asustado, maldita sea, nunca había
aprendido a tomar una de verdad, y en ese momento me cagaba en mis pantalones.
La alarma paró, no escuché el ruido de ninguna horda, de ninguna tropa de “cosas”
como en el left for dead 2.
Sin ningún sentido, como son la
mayoría de las acciones de la mayoría de la gente que se encuentra en la
incertidumbre, me acerqué al auto, lento, sudando, pero ya sin miedo a nada,
claramente aún no había visto nada, solo la plaza victoria semi en llamas y
muchos autos abandonados, volcados, y ni rastros de nada y nadie. Eran las 5,
comenzaba a hacer frío y ponerse oscuro. Y entonces vi el auto por dentro.
Ok, desde aquí la narración se
pone rara. Había “algo” adentro, trataba de abrir la puerta, parecía una mujer
de unos 30 años, bueno, palida, con heridas en las manos, rasguñaba el vidrio.
Le inventé una historia:
Se llamaba Viviana, y en medio del caos, y mordida por
una de esas “cosas” se oculto en el asiento trasero de su vehículo, mientras
veía como los pacos no podían contra las cosas y los protestantes, que a su vez
eran comidos, y todo se volvía ese caos pulento que uno se pierde cuando está
haciendo algo importante, tapando con una sabana a tu hermana por ejemplo.
Terminé su historia, saqué una
foto con el celular (con la poca batería que quedaba), y me decidí a pensar que
definitivamente todos quedaríamos así. No había escapatoria, quizás el mismo
Diego estaba deambulando en su departamento con la entrada llena de estas cosas.
De todas formas las puertas del auto estaban abiertas, no quedaba ni una pisca
de la sociedad, por lo tanto la humanidad en si eran mis actos de buena fe, y
lo que hice fue un acto de humanidad. Abrí la puerta del auto y la dejé bajar.
Y la “cosa” se bajó, en un
vestido semi rosado, manchado de sangre, una piel amarillenta, esas venas
marcadas y el pelo teñido rubio, de cualquier forma esa mujer viva no me habría
parecido bonita. Me miró, yo la miré (en el nerviosismo le guiñé el ojo), empezó
a oler el aire como un animal, mientras las moscas salían de su pelo, tomé
distancia suficiente. Y empezó.
Primero se me acercó en una torpe
velocidad, asumí que no podían moverse con gran facilidad, era el sistema
nervioso contra su capacidad motora real, estaban muertos, estaban tiesos.
Mientras más cerca, mas abría la boca, ya me sabía esa historia. A los 6 metros
le disparé en una rodilla, no hubo señal de dolor, es más, estiraba los brazos
tratando de alcanzarme, la actitud era hostil, aún ocupaba su pierna derecha,
le permitía moverse, volví a disparar y cayó al suelo. Creí que era suficiente,
me di vuelta y me dispuse a seguir lo poco de camino que me quedaba.
Pero, ninguna historia tiene un
buen final si no se demuestra la real naturaleza de la que estamos hechos, el
capitalismo nos mal enseñó a no perder, sentí quejidos, me di vuelta. La “cosa”
se arrastraba, seguía mi olor, quizá mi ruido, que se yo.
OK, lo admito, todos tenemos nuestros días de
furia, yo me enoje, quizás recordé lo que había pasado con mi hermana, con la
madre de Alondra (que no tenía idea donde estaba), con mis viejos, da lo mismo,
me acerqué y en escena de ira-cine le puse la zapatilla sobre la cabeza y
dispare los últimos cartuchos que me quedaban.
Constaté que ya no se movía,
obvio, toda esta locura era como en las películas, el disparo en la cabeza y listo.
Abrí la pistola y dejé caer los cartuchos humeantes sobre el cuerpo de la otra
vez muerta. Después me senté a su lado mientras de mi mochila sacaba otras seis
balas y cargaba nuevamente mi juguete.
Sonó el celular, me demoré en
sacarlo del bolsillo, ¿quién podía llamar?, ¿mi viejo preguntando si llegaba
hoy a la casa?, MIERDA, aun narrando la historia me sigue doliendo todo, los
huesos, la normalidad con la que pasó todo, con la que desapareció todo. Vi la
pantalla, Diego.
-¿Aló?
–contesté.
-El
terrible show que te mandaste – respondió.
-¿Me
ves desde tu ventana?
-Obvio,
toalla roja- Miré al edificio, un tipo movía una huevá roja desde una ventana,
era él.
-Ok,
te vi, ¿tienes electricidad?
-Si,
pero no ocupes los ascensores, sube corriendo.
Corté, y apreté los dientes.
La reja al edificio estaba
abierta, no había portero, solo signos. ¿De qué?, pues adivina, bastardo:
sangre, rayones en los vidrios, una cosa verde, fui a los escalones, mis encías
ya sangraban, y como nunca corrí, estaba en el séptimo piso, no era tanto.
Mientras subía sentía el ruido de
balbuceos, dientes o algo así, conté los pisos.
1: Principio, cresta que queda.
2: Dale, dale, arriba hay cama y
ducha.
3: ¿Y si este huevón no tiene
comida?
4: ¿Qué es esa huevá en la
escalera?
Si pos, había una “cosa” en medio
de la escalera, y si hacía ruido vendrían mas, supuse. Por la Mierda. Apunté,
disparé, se cayó, todo retumbó. Y comenzaron los gritos.
Miré hacia abajo, las puertas se
habían abierto y “cosas” subían incómodamente rápido las escaleras. ¿Acaso no
podían correr?, ¿acaso no viste exterminio, idiota?
5: Corre conchetumadre.
6: Mierda, mierda, mierda.
7: ¡¡¡Diego y la conchadetumadre!!!
– grité.
Abrí la puerta y Diego me
esperaba en la entrada de su casa.
-¡Apurate
ahuevonao!
Corrí, la puerta se abrió de
golpe, me iban a agarrar, bueno, uno solo que por razones que aún no me explico
podía correr, entonces Diego, creo que sufriendo mi mismo delirio de grandeza,
le dio con un bate tan fuerte que me provocó incluso un poco más de miedo el
que la otra huevá que quería comerme, creo.
Le dio, le dio, le dio, le dio, le
dio, le dio, le dio y le dio.
Más tarde cerró la puerta, muchos
pestillos, fue hacia su refrigerador y
sacó dos cervezas.
-No
tomo- dije.
-Deberías,
se fue todo a la mierda, lo amerita.
-¿todo
a la mierda?
-SI,
el sueño socialista, no hay estado, y los soviets son esas huevás que se
quieren comer incluso a si mismos.
-Imposible.
-Dímelo,
pero lo único que hay vivo en la red es este foro culiao – me dijo mientras
traía su notebook.
-¿foros?,
esas son huevás de pedófilos.
-si,
lo se, pero bueno, son los únicos que dan info, dicen que en la moneda ya no
hay nadie y que el ejercito desertó, solo hay pequeños grupos armados tratando
de mantener su orden.
-
¿y tienes comida?
-si,
una semana, nada más.
-¿Y
qué dice el foro?
-
te lo cambio por mientras me dejas ver el juguetito de tu mochila.
-
ok
Espero puedan dormir, sin escuchar la voz de Cash y su propio apocalipsis.
Paloma mira entre los maderos
clavados a la ventana, el polvo se hace notar entre los rayos de sol que entran
a la casa, atrincherados, con un poco de miedo y hedor, sudor de nervios.
Diego limpia la pistola que le
robó al paco que agonizaba en la esquina, un gordo inútil de la Primera de
Playa Ancha que había saltado mal una escalinata, cuando corría lleno de horror:
Saltó sin darse cuenta. “Dejalo allí, si se lo comen a él, a nosotros no nos
seguirán más” gritaba en un éxtasis asesino.
Y así fue, mientras corría podía
escuchar la multitud de “cosas” que destazaban la carne del pobre imbécil.
Cerré los ojos, y cuando los abrí de nuevo vi como Paloma, que iba más
adelante, miraba hacia atrás sonriendo, riendo, a ratos saltando de una
felicidad que no comprendo.
Valparaíso se volvió loco, nosotros
no creíamos nada de lo que pasaba, creíamos que era otra estrategia del estado
para crear el pánico y distraer de los problemas realmente “importantes”. Luego
comenzaron los ataques en los consultorios, las “cosas” se levantaban con las
mantas blancas aún cubriéndoles las caras, en Montedónico decidieron atacar un
consultorio con bombas molotovs para que las “cosas” no avanzaran hacia la
población. No resultó del todo, pero nosotros nos sentíamos envueltos en una
revolución al verlo por la TV, craso error, si eso hubiera sido una revolución,
nunca lo habrían televisado.
Todo de una semana a otra se
convirtió en un guión retorcido de Grant Morrisson. Con Diego y Paloma nos comunicábamos
constantemente por Skype para saber qué pasaba. Twitter se cayó, Facebook dejó
de funcionar, los hipsters ya no pudieron publicar mas en tumblr, ¿por qué? Pues
las redes habían sido cerradas, el estado estaba controlando todo, por el bien
de la lucha contra las “cosas”, las noticias evitaban el tema, no daban más de
1 minuto, a veces 30 segundos, de lo que pasaba. Mientras por las noches se
escuchaban gritos y disparos. Mis viejos salían a trabajar todos los días, la
producción, a pesar de todo, no se veía intervenida.
Pronto dejé de ir a la Universidad,
a las reuniones del Partido, ya no carreteaba. Me subía al techo de la casa con
la escalera atermitada del patio trasero, y veía los resplandores de Valparaíso
y los sonidos con ritmo tiroteo. A veces se cortaba la luz, mi familia
contemplaba en silencio las luces, las sombras de los militares pasar por la
cortina, y como se quedaban parados en la esquina. Yo me tapaba con las mantas
hasta la cabeza y esperaba quedarme dormido. También llamaba a Diego que todas
las noches, desde su departamento, miraba con binoculares la oscuridad y los
resplandores.
-Son
zombies, huevón – me decía.
-Estay
loco, esas huevás pasan en los juegos culiaos que tenís.
-Claro
mata de hueas, entonces las “cosas” babeantes que atacan a los pacos son los
revolucionarios del pueblo.
-ni
siquiera has visto a “las cosas” de frente.
-Podríamos
probarlo.
-voy
a cortar.
Un día me despertaron los gritos
de la casa de al lado, me levanté, mi hermana bajaba el volumen del buenos días a todos (lo único que daban
en televisión abierta), y me acerqué a la ventana. La Alondra, mi vecina de
cabra chica lloraba desconsoladamente en el ante jardín, pedía ayuda, mientras
un grupo de militares con pasa montañas entraban en su casa, parecía escena de
guerra. Salí enojado, le grité a un par de milicos que estábamos viviendo en democracia,
que esa no era la forma de tratar al pueblo, uno me echó hacia atrás, yo agarré
a Alondra y la tiré a mi lado conforme gritaba “milicos de mierda”, “hijos de
puta”, “Fascistas de la patronal”. No comprendía lo que pasaba realmente, solo
veía a los milicos no replicarme nada, sus ojos demostraban incredulidad
mientras entraban a la casa, como si ni ellos supieran lo que hacían. Yo lo
comprendí apenas vi salir al primer uniformado disparado desde la ventana.
Comenzaron los disparos, al parecer la Mamá de Alondra despertó enojada (muerta
de enojo) y decidió darle la pelea al fascismo.
Decretaron toque de queda. Ese
día mi viejos no llegaron a la casa, tampoco lo hicieron los días siguientes,
mi hermana y yo nos quedamos solos. Más tarde mi hermana enfermó, creo que fue un
resfrío, a lo mejor no lo recuerdo tan bien, o no quiero recordarlo.
Simplemente se murió y la dejé encerrada en su pieza, mientras en mi mochila echaba
los panfletos del partido (no sé por qué), la linterna, mi onda con la bolsa de
canicas para romper los vidrios de los autos, mi polerón. Los Pitillos, las vans, la bufanda verde para
abrigar.
Iba derecho a la salida cuando
escuché que arañaban la puerta de la pieza de mi difunta. La arañaban por dentro. Era ella.
Definitivamente era ella, muerta claramente.
Recordé el cajón de mi viejo,
nunca me acerqué a él antes, y el shock no me había hecho razonar. Fui directo
a buscar el revolver del cajón maldito, ese que estaba lleno de polvo, que
nadie limpiaba, pero que tenía el pasado más vigente de mi Padre, donde quiera
que estuviese deambulando en ese momento. Ese pasado Frentista del que nunca
habló con orgullo, claramente el orgullo debe venir después de una victoria.
Abrí el cajón, “6 balas, pero
efectivas, nunca se atasca” leí en un foro de imbéciles. Saqué el revólver y la
caja de balas que estaban al lado, olía a humedad y estaba grasoso. Y como
aprendí en los juegos de PC, abrí el revólver y lo cargué. Paso seguido guardé las
balas en mi mochila y caminé hacia la pieza. Me zumbaron los oídos mientras en
el silencio se perdían el ruido de los 4 disparos que di sin mirar, aunque
fueron efectivos.
Las ventanas muestran ese Valparaíso cerro arriba que tantas veces me ha visto andar. La casa de Orlando es cálida, mientras francisco a mi lado escribe llenando de Once in a while de los Smashing Pumpkins el ambiente. Han sido días difíciles; Después de arrancar de la oscuridad de mi pieza, el skate no ser un medio de escape permanente, y el trabajo un sitio lleno de amantes de la patronal, no me quedó otra que escapar.
Tomé mis cosas y me propuse venirme a la casa de Orlando con la excusa de hablar sobre Trotskismo y revolución, la primera noche fue un “quédate, tenemos espacio, no hay problema”. Las consiguientes también.
Hasta el momento he encontrado, entre la gente que vive en la casa (uno se fue de mochiléo), un partner que me habla sobre el programa de transición – Francisco – un tipo que estudia psicología, y que día a día me parece más enamorador en un sentido casi pudoroso. Su pelo en moicano se mueve demasiado cuando bajamos todos a bailar a esos tantos antros de llenos hipsters y snobs, pero es entretenido: La clase proletaria (o por lo menos sus hijos) bailan como en los bajos barrios londinenses escuchando, obviamente, música inglesa, ocupando el mismo corte de pelo hooligan, y esas mechas ochenteras que me enferman.
-Andrés, tienes unas depresión endógena, al igual que tu madre – dijo la neuróloga mientras mi cara de sueño se tornaba un tanto mas distorcionada.
-Me está jodiendo, ¿no?
-En lo absoluto, de hecho, doblaremos tu dosis nocturna de clonazepam de 0,5 miligramos a 2 miligramos, y en la mañana tomate la misma de 0,5.
-Eso me dejará tirado…
-Y además te recetaremos un antidepresivo de forma permanente, no es tan caro…
-El último me hacía dudar de la realidad.
-Pues este te hará sentir mejor. Dime ¿Tienes novia?
-No…
-Te aconsejo tenerla.
Bebo del té que me hice hace un rato, ahora está frío, mientras por internet busco unos cuantos textos de Bolaño en PDF. Todo lo anterior pasa cuando se te acaban las ganas de no escribir, y te das cuenta que no tienes nada sobre que hacerlo.
Se me cayeron dos veces los lentes antes de poder incorporarme a la inmensa caja que me trajo el correo, increíble, con 2 días de retraso aquel objeto maldito ya estaba en mi casa. Lo encontré en Internet, tenía ese logo luminoso en .gif que mostraba su cara, muy humana y perfecta. En sus cuatro modelos: Oriental, rubia, de color y modelo rusa.
Demoré muchas semanas, consejos, y risas de compañeros de trabajo para poder decidirme a dar el paso adelante: Conseguirme una acompañante que saciara todas mis ganas de recibir cariño desinteresado, después de una vida llena de fracasos, incluyendo un matrimonio que terminó en la estafa del sueño americano que no duró menos que un orgasmo mal venido.
Vi mis comics para encontrar a la mujer perfecta, ni muy voluptuosa, pero no al máximo Twiggy, quizá parecida a Wonder Woman (la actual, no la de los 70’s). Después me negué, era demasiado el parecido, así que indague en alguna actriz que me produjera “cosas” y que perteneciera a alguna época de oro, estuve una semana, noche tras noches, pensando en un nombre interesante, y que me hiciera sentir interesante en algún grado.
Después de la última cajetilla de cigarros frente al Toshiba, y unas cuantas cachetadas frente al tocador del baño me decidí por mi musa: Jean Seberg. Las cosas eran fáciles, sólo escribir el nombre en la pantalla y poner “ENTER”, después vendría la forma de pago y la espera que me haría olvidar este bochornoso asunto de pedir una acompañante de plástico. Si al final yo mismo me convencía de que el asunto no había pasado, nadie se mofaría de mi manera más desesperada de pedirle piedad al destino.
J: Bien, no fue difícil.
E: Vamos, ¿Qué tan terrible debe ser?, vivimos en tiempos modernos donde muchas cosas se permiten.
A: ¿Qué es esto?, ya comienzo a sentirme ridículo.
N: No puedo seguir con esto, vamos, tengo dinero, puedo pagarle a cualquiera. No, en realidad no, le tengo miedo a las enfermedades, ni siquiera la chica con la que hablo en Messenger me da la suficiente confianza.
S: ¿Estoy sudando?
E: Si, estoy sudando.
B: Mis manos tiemblan, ¿por qué me estoy obligando a hacer esto?, ¿me estoy burlando de mi mismo?
E: Mierda.
R: !Vamos¡, no queda nada.
G: Listo y “ENTER”.
Los días siguientes me los pasé fumando, tomando café y hablando de banalidades, la vida parecía retomar su normalidad, aunque ese frío solitario estaba siempre presente, quizá fue una liberación atreverme a pedir una acompañante (de mentiras), y sentir que de a poco el asunto se me olvidaba, incluso el pedido podría no llegar, y yo seguir mi vida completamente normal, sin ningún resentimiento. Quizá se me trate de un enfermo al no ser capaz de hilar una relación propia, de carne y hueso, pero en los tiempos que vivimos no es necesario ser un Don Juan, o tener una novia real, las relaciones sociales en proporciones son simplemente lazos laborales o frente a una pantalla, ni siquiera yo me preocupaba en ese momento, ahora no se si tanto.
Pasaba mi tiempo frente al computador, redactaba un par de informes que me pidió la Universidad para un estudio sobre la industria frutícola y los recursos renovables que escasamente quedan en nuestro país, después de vendido todo, incluso la mano de obra, y embarcado hasta el último joven no matriculado en una casa de estudio a trabajar por un sueldo ínfimo al extranjero. Yo era (soy) un privilegiado de todo esto, incluso a pesar de estar solo, mi apartamento al menos tiene vidrio protector contra los rayos ultravioleta.
Veía películas online, descargaba un par de discos pasables y después salía a tomar el metro atestado de gente, increíblemente narrando estos días siento que es un pasado lejano, ahora encerrado en el baño todo se hace un cuento de ciencia ficción, un 1984 venido a menos.
Y este es el presente que ningún pasado pudo cambiar, los métodos producción, y su lógica por sobre la estabilidad humana nuevamente se hacen presente en mi vida. Pero la soledad llama, y creo que es hora de que me comience a dar por vencido, el amor, en su visión capitalizada, te lo venden por Internet, y viene con protectores de pluma-vit, y olor a auto nuevo.
Y allí está, la caja, cerrada y esperando a que yo le saque la cinta de embalaje de encima. Jean, o lo que sea que esté adentro (espero no tener que armarla) está a un paso de mi indecisión. Envidio a los tipos que años atrás tenían que inflar simplemente esa muñeca, ponerse sobre ellas, hacer “su trabajo”, y después olvidarse del asunto; Ahora los japoneses destrozaron todo esa rapidez y le dieron un vínculo peligroso. Abro la caja.
La caja mide exactamente un metro setenta, retiro el sello de garantía, y la cinta de embalaje, estoy tenso. Al abrir la caja una montaña de pluma-vit picada cae sobre mi, el piso es un desastre. Y allí la veo:
Parada, inmóvil, con los ojos cerrados, con el vestido vintage y los labios rojos, un color natural, huelo su perfume a metros. Su piel me da miedo, casi real estiro mi mano para acariciarla, suave, pero fría, no esa frialdad de muerte, si no de noche con mucho viento y lluvia. A un rincón del compartimento están las instrucciones, por suerte no tengo que ensamblar nada, hecho un vistazo al manual.
“Señoritas de acompañamiento, la nueva forma de vivir para caballeros.
Nuestro producto no solo garantiza la compañía de una mujer normal y servicial, si no que la satisfacción de todas las necesidades que el hombre pueda tener con una mujer de casa…”
No puedo seguir leyendo, lo aberrante que significa todo esto es nauseabundo, voy directo al punto “¿Dónde mierda se enciende esto?” balbuceo antes de darme cuenta que estoy completamente solo.
Las indicaciones son bastante directas: “busque el interruptor en el entrepiernas del modelo A55-40 y espere mientras el sistema operativo entra en marcha, la personalidad del dispositivo se amoldará conforme usted le responda la primera pregunta del test formativo, además de hacer un reconocimiento de voz”.
Deben estar jodiendo, pienso. Meto mi mano entre las piernas de la muñeca, buscando algo parecido a un interruptor, encuentro un botón, no me atrevo aun, la imagen debe ser muy poco decorosa (dale, no cuesta nada…a las una, a las dos, y a las…a las una a las dos y a las…a las una, a las dos, y a las TRES).